La carta natal y nuestra verdadera identidad

Si nos fijamos en cada carta natal, por muy diferentes que sean en apariencia, veremos que todas contienen un pequeño círculo blanco en el centro para representar y recordarnos que nuestra esencia es la misma para todos.

Cuando el oráculo de Delfos nos exhortaba a conocernos a nosotros mismos, no se estaba refiriendo a cuestiones relativas a nuestra forma de ser, sino que apuntaba al Ser mismo. La “forma de ser” sería eso: la forma que toma el Ser al encarnarse. 

El lenguaje astrológico es un sistema simbólico organizado para expresar la experiencia de la unidad. Al ponerlo en palabras, nos vemos obligados a fragmentarlo, porque nuestro lenguaje es estructuralmente dualista, pero en si mismo no es así. Pertenece a la familia de lo que podemos denominar “los lenguajes sagrados” entre los que se encuentran la Cábala y el I Ching.

Después de haber empezado sin saber quiénes ni cómo somos y tras haber indagado en el cómo, el por qué y el para qué somos como somos, llegamos al final del camino descubriendo que somos uno con todo lo que hay.

La astrología psicológica es una herramienta de autoconocimiento y realización de gran valor, y la visión no dual puede aportarnos una profunda paz y aceptación, si es que conseguimos resonar con esta filosofía. 

El ego es aquello que somos en apariencia, nuestra máscara; empieza con nuestro cuerpo y se extiende hasta los planos emocionales y mentales con los que filtramos la realidad.

Cuando miramos una carta natal desde su centro, vemos al ego desplegándose con todas sus luces y sombras.

No obstante, la vida nace del centro vacío y a partir de allí se extiende por toda la carta. Aquello que realmente somos tiene que ver tanto con esa conciencia que observa toda la manifestación como con lo que vemos manifestarse. Podemos observar nuestros apegos lunares precisamente porque no somos nuestra Luna condicionada; de igual manera que con nuestra ira marcial, nuestra importancia solar, nuestra gula venusina, y así con todo lo que va emergiendo de nuestra carta natal. Somos al mismo tiempo el observador y lo observado; aunque realmente no haya una separación entre ambos.

Durante el primer año de vida aproximadamente no nos distinguimos de nuestra madre, no tenemos conciencia de nosotros como seres autónomos. Lo mismo sucede con las piedras, las plantas y la mayoría de los animales no domesticados. Sólo hay que ver cómo se mueve una bandada de peces o pájaros llevados por una inteligencia no individual. En el caso humano cuesta más apreciarlo porque desde bien pequeños se nos instruye para vernos a nosotros mismos y a los demás como entidades independiente.

Somos fractales universales o, como diría Masaru Emoto, somos agua cristalizada de manera singular.

Todos los elementos de nuestra carta natal nos hablan de cómo es nuestra cristalización y el centro nos recuerda que nuestra verdadera naturaleza, más allá de la forma que tome, es agua. No somos una ola en el océano; somos el océano en una ola. El círculo central remite a lo que todos somos: la vida misma. Por eso podemos mirar miles de cartas y el centro siempre permanece inmaculado e inmutable, sin ser atravesado por ninguno de los aspectos. Si levantamos la mirada, de él nacen todas las cristalizaciones distintas del Ser, sus “formas” de “Ser”

Una carta natal es virtual en sí misma;  una representación en dos dimensiones de cómo estaba el cielo en el instante en que empezamos a respirar de forma autónoma, aunque ese cielo nunca se congeló realmente.

Lo valioso de la carta es que incluye el centro: la salida del laberinto (del griego labyr inthos, “labor interna”) En ella podemos ver cómo nos descentramos y al mismo tiempo cuál es el camino de vuelta para cada uno de nosotros.

Finalmente nos damos cuenta de que realmente no hay nada que entender; que el propósito último de la vida es simplemente vivirla con todo su misterio y con la conciencia disponible en cada momento para ir aceptando lo que vaya trayendo hasta llegar, eventualmente, a recordar que somos cosmos.

Extraído del libro SOMOS COSMOS Ciencia, psicología y filosofía para una astrología del siglo XXI de Andrés Zuzunaga, director de la escuela COSMOGRAMA.  Puedes ver aquí la presentación del libro

Otras herramientas que ayudan a encontrar la serenidad y colaboran al autoconocimiento son el Reiki y la Técnica Metamórfica. Si deseas recibir una sesión, puedes solicitar tu cita aquí.

Estoy estudiando en Cosmograma y espero en unos meses poder complementar estas terapias con el conocimiento astrológico.

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