Turquesa

La Turquesa llegaba a Europa desde Turquía procedente en su mayoría de Persia, y este fue el motivo por el que se la llamó Turquesa, de Turquía. En Persia se le llamaba “piedra de la victoria” 

Es una piedra sagrada para los tibetanos y para los indios norteamericanos la turquesa representa el color del origen celeste de sus antepasados. 

Para los egipcios era una de sus piedras sagradas, datándose su utilización 5000 años antes del nacimiento de cristo. Los indios Hopi, navajos y apaches la utilizaban como amuleto propicio para obtener suerte en sus cacerías. Los antiguos aztecas llamaban a la turquesa “la piedra de los dioses”. Para Persas, hindúes, chinos, aborígenes australianos y muchas otras culturas distantes y desconocidas entre sí, la turquesa era portadora de buena fortuna otorgándole poderes mágicos de protección y de mantenimiento de la salud y la buena suerte. Era (y es) utilizada como amuleto protector para no fracasar en la consecución de los sueños y proyectos personales.

Cuando la Turquesa tiene adherencia de plata, se dice que atrae la felicidad y el bienestar, y que cuando tiene inclusiones de cobre se le atribuye un poder especial para equilibrar el sistema circulatorio.

No es casualidad que una de sus denominaciones  sea “la piedra de la Paz” puesto que, su vibración ayuda y repara la paz interior. Resulta muy relajante situarla sobre la frente.

Fortalece la intuición.

Si se lleva una turquesa engarzada a la altura del plexo solar, se consigue fortalecer la autoestima y generar un campo energético muy poderoso y positivo capaz de neutralizar cualquier vibración desarmónica.

Mejora el intercambio de oxígeno en tejidos y células.

Información obtenida en el Libro Cristales de Sanación de Nina Llinares 

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